viernes, 3 de julio de 2015

Enigma (P5)

Bajaba las escaleras de dos en dos y a veces de tres en tres, solo eran dos pisos pero se me hicieron interminables. En recepción había otro hombre igual que el que había asesinado a Manuel, supuse que era para que no intentara decirle lo que vi a otra persona. No sabía si me dejarían en paz si juraba que nunca hablaría sobre lo ocurrido. Esta vez no serían tan compasivos. ¿Por qué demonios no le haría caso al chico raro del cementerio?
Salí despedido de la biblioteca en dirección al cuartel de policía más cercano. Los hombres que minutos después comenzaron a perseguirme no entendieron que iba al cuartel para que me protegieran y no para confesar. Aunque debería ir a una iglesia a confesar porque me quedaban escasos kilómetros de vida, los que tardaran en alcanzarme exactamente. Igual si me metía en una iglesia me dejaban tranquilo, aunque dudo que a ellos les importara, pero moriría cerca de Dios.
Miré hacia atrás un minuto y los vi cargando sus pistolas. Ya está, voy a morir, no tiene sentido seguir corriendo. Pero lo hice, no moriría sin luchar, o eso es lo que se dice en las películas.
Aposté por la próxima esquina y giré a la derecha con la mala fortuna de que alguien me agarró por detrás. Apenas pude ver lo que hacía o quien era, pero me empujó hasta una alcantarilla.
Estaba suspendido en el aire, aquella inhumana persona me había agarrado del cuello para que no cayera al vacío, eso o estaba intentando estrangularme. Tenía la sensación de estar en la horca pero la cuerda no estaba bien apretada y no conseguía alcanzar la oscuridad eterna. Aquel ser estaba más concentrado en escuchar a través de la alcantarilla cerrada que en evitar que me asfixiara.
Al cabo de unos minutos comenzó a descender por las escaleras de la pared ya con un firme agarre de mi cuerpo. Pero yo tosía como si fuese un anciano. Mi visión estaba borrosa y sentía todo el cuerpo pesado. Quien quiera que fuese aquella persona me estaba recostando contra la mugrienta pared de las alcantarillas intentando ayudarme a respirar.
Lo último que recuerdo fueron unos ojos azules helados como la nieve.
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