lunes, 22 de junio de 2015

Triya

Este es un especial, mucho más largo que los que acostumbro a escribir pero espero que os guste. 
Recientemente me he apuntado a un blog de escritores Adictos a la escritura, un blog en el que cada mes se expone un tema y los miembros escribimos sobre este. Este mes el tema es el calor.
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Triya

Mis pies descalzos caminaban vagamente por la abrasadora arena. Hacía calor, mucha calor. Mi visión estaba borrosa, no recuerdo si lo que veía eran imágenes o espejismos, ya no podía distinguirlos. Seguí caminando por horas, por kilómetros, mi sombra no existía, se la había comido el sol. Me tumbé en la arena tan rápido como pude al escuchar aquel sonido tan desagradable. Las cadenas rozándose unas a otras, los gemidos de los hombres, sus alaridos, los gritos de los señores, el sonido de un látigo arrancando la piel al contacto con esta. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Definitivamente no podía permitir que volviesen a encontrarme. Esperé. Había tardado mucho en escapar, solo tras la efectuación favorable de un laborioso plan había podido huir con mi hermana, pero debía darme prisa, las consecuencias de la esclavitud no podían ser ignoradas y los efectos del sol menos. Tan solo rezaba para que el oasis Triya apareciera ante mis ojos antes de que mi hermana enfermara. 
Por fin llegaba el atardecer y con él un poco de descanso, el sol desaparecía y daba paso a la piadosa luna. En el basto desierto, lejos de todo rastro de civilización y sin nada que pudiera hacer fuego, tuve que sentarme y dormir acurrucado entre la arena.
Al despertar con la salida del sol, posé mi mano sobre su frente. Era más fuerte de lo que yo creía pero el cansancio y la falta de agua acabarían por derribarnos.
De nuevo, caminamos por el desierto con la esperanza de que detrás de cada duna estaría nuestro ansiado oasis Triya. La última duna que subí se me hizo eterna, el calor era sofocante y comenzaba a marearme, pero fue peor cuando miré atrás y la vi tumbada en el suelo. Perdí el aliento y mis músculos recobraron su anterior soltura, llegué a ella en apenas tres segundos. La acurruqué en mi regazo. Tenía la cabeza ardiendo, la cara enrojecida y no había ni rastro de sudor. Casi entré en pánico. Me la subí a cuestas y comencé a caminar tan rápido como pude. Las piernas me flaqueaban y apenas distinguía hacia donde iba pero no paré, sabía que si paraba sería mi fin y el suyo. La noche se me echó encima y con ella, el preciado olvido.

Estaba muerto, seguro, tenía que estarlo, es imposible sobrevivir más de tres días sin agua, ni comida, y menos con mi asesino el sol. Pero a la vez se sentía bien, el agua a mí alrededor se sentía tan bien, tan clara, tan fresquita. Pero un espasmo irrumpió en esta tranquilidad para traerme de vuelta a la vida. 
Desperté sobresaltado, empapado. Encontré frente a mí a una chica de tez muy oscura, tal vez una nativa. Sonrió y se apartó de mí. Más calmado aunque confundido intenté averiguar lo que había pasado. Estaba tumbado sobre una cama de paja, la habitación carecía de mobiliario, pero por lo menos seguía vivo. Pasee mis ojos hasta dar con mi hermana. Salté de la cama y comencé a examinarla. Aún tenía mucha fiebre, pero ya sudaba. Suspiré, estábamos salvados.
-Yo te he ayudado –dijo de repente aquella muchacha-. Ahora te toca pagar lo que debes.
Se me hizo un nudo en la garganta, no sé qué se proponía ella sabía que pidiera lo que pidiera yo tenía que aceptar por el bien de mi hermana.
-No tengo dinero si es lo que buscas –aclaré–. Pero puedo trabajar.
-No es eso lo que busco. Mi padre está esclavizado en uno de los escuadrones de Tail. Debes ayudarme a rescatarlo. Pasarán por este oasis de camino a la capital.
-No me escapé para que vuelvan a capturarme.
-Me lo debes.
No me quedó alternativa, la única condición que le obligué a aceptar fue que, en caso de que me capturaran cuidara de mi hermana. Aunque al principio me puse muy nervioso al final no fue para tanto, los captores eran demasiado tontos. Fue decepcionante. Con los conocimientos suficientes sobre el terreno, unas buenas piernas para correr y un poco de sedante, acabamos enseguida. Solo nos hizo falta romper una cadena para que todos los hombres sedientos de sangre comenzaran su ansiada matanza. 
Triya resultó un buen lugar para vivir, después de todo era huérfano y cuando esta tribu nos adoptó no me quejé. Siempre había complicaciones, pero era divertido. Lo peor, el sofocante, incansable y abrasador sol del desierto. 

3 comentarios:

  1. Hola, que tal.

    Me ha gustado el relato, me mantuvo al pendiente todo momento.y me he quedado con la curiosidad de saber porque estaban atrapados.

    Saludos

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    1. Gracias, comentarios como el tuyo me animan a seguir.

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  2. Aunque a veces no sean tan buenos, no te desanimes, la practica hace al maestro.
    ;)

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