jueves, 29 de enero de 2015

Bajo la lluvia (P1)

Las gotas emborronaban el cristal. Ya era malo no saber a dónde me llevaban, pero el no conocer el camino de vuelta era peor. Me había acostumbrado a estar sola, había creado un muro en mi corazón. Tú lo rompiste y después te fuiste. ¿Por qué me abandonas? Ahora soy incapaz de volver a construir el muro de nuevo.
El coche se paró en medio de la nada. El conductor bajó del auto, cogió mi maleta, abrió mi puerta y se fue. Allí me quedé, sola como acostumbraba.
Caminé hasta llegar a un viejo edificio. Sería mi cárcel, el castigo por mis pecados. Toqué la campana y al poco tiempo una mujer, tal vez un año mayor que yo, abrió la puerta y me dejó pasar. Cerró la puerta tras de mí. Me quedé allí, empapada y congelada, sin poder dar ni un paso. Prefería morir a tener que sufrir el tormento que me esperaba.
La joven me acompañó y me mostró todas las instalaciones que tenía esa construcción, que eran pocas. Ensimismada la seguía allá adonde iba pues tan solo un hombre fue capaz de traerme a la cruda realidad.
En cuanto lo vi nuestros labios se fundieron. Toda mi soledad desapareció.
Tal vez sería una casa espantosa, tal vez sería mi castigo o tal vez el infierno personificado, pero para mí era como estar en los cielos pues estaba en compañía de mi amado. El se encargó de mostrarme el resto de la casa. Cuando llegamos a mi habitación no nos pudimos contener.
Por la mañana comenzó la que sería mi rutina. Como desayuno unas tostadas aceitosas y un vaso de leche. Después me puse a preparar el exquisito desayuno que minutos después serví a los amos del lugar. Begoña una mujer gorda y antipática con unas asquerosas verrugas en la cara tales que daba asco mirarle. Marcelo el dueño y señor parecía muy recto y respetuoso pero ya me habían advertido mis compañeras que regalaba oro por unas horas de lujo a solas. Mario, que así se llamaba mi ángel, se aseguraría de que nadie me pusiese una mano encima.
Dos meses duraba mi castigo, uno y medio el de mi ángel, solo teníamos que aguantar unidos.
Durante una mañana en la que Mario había sido enviado a un recado a la ciudad yo estaba cambiando las sábanas de una de las habitaciones de invitados que tenía esta casa, por lo visto una nueva interna se transladaba. Por la puerta apareció el rectísimo señor de la casa vestido de traje y corbata.
-Dime mujer, ¿Cual es tu nombre?
-Diana señor -respondí yo.
-Diana, buen nombre, no tengo ninguna de estas en mi colección. Quiero probarte, me pregunto en que puesto de la lista acabará mujer con tan buen tipo -dijo mientras cerraba la puerta tras de sí, con llave.

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